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martes, 27 de enero de 2009

Nuestros amigos los jubilados

Hoy quiero hablar de nuestros queridos jubilados, esos ancianos-as entrañables con peinados graciosos y que siempre andan contando historias de la guerra o de cuando eran jóvenes o de cuando eran jóvenes y estaban en la guerra. A los jubilados los puedes encontrar en varios sitios:

1. En el parque cuando hay solecico dando de comer a las palomas
Se juntan en grupicos, normalmente de cuatro o cinco jubilados, y comentan los temas de más actualidad: o sea, hablan de cuando eran jóvenes. Otros temas que les encantan: los nietos (por supuesto todos los nietos de jubilados son universitarios con brillantes carreras y que ganan mucho dinero) y las enfermedades (cuanto más graves, más interesante el tema).

2. En la casa del jubilado jugando a las cartas
Destacan juegos populares como el guiñote (normalmente hombres) y el rabino (normalmente mujeres). En los grupos de rabino a veces se ven jubilados de género masculino ligoteando con las rabineras. Algunos atrevidos innovan con juegos como la escoba.

3. En el bingo
Sí, aunque muchos tienen problemas de oído y/o vista y/o parkinson, son unos ases en este tipo de locales. Si se anda justico de pensión, siempre se puede organizar un bingo casero.

4. En el mercado central
En especial a las horas puntas: las 8.40 y las 9.40 (notese que coincide con las horas en las que el 23 pasa por el mercado central para llegar puntual a la clase de las 9 o a la de las 10). Tenemos el jubilado que opta por llevar un moderno carrito con ruedas y telita a cuadros lleno de pescado (este se huele en cuanto sube) o el jubilado que lleva n bolsas de verdura y/o fruta. Increible, porque casi no pueden andar pero se suben en el autobús con una cuarta parte de su peso en bolsas, se abren paso entre el gentío e ¡incluso corren porque se les escapa el bus! - que prisa tendrán e). Igualmente van a llenar y ralentizar el autobús (casualmente se dividen en dos turnos: los que van hacia el mercado central a las x.40 y los que vuelven del mercado central a las x.40).

5. En la consulta del médico
Pero sobre todas las cosas, lo que más les gusta es ir a la consulta del médico. En la consulta del médico se encuentran con otros jubilados, disfrutan charlando sobre temas apasionantes como: 1) enfermedades, 2) enfermedades crónicas, 3) enfermedades de sus parientes muertos, 4) enfermedades de sus parientes vivos y 5) enfermedades hereditarias. Si quieres encontrar jubilados en acción tienes que ir en hora punta. Por supuesto a partir de la una no verás que llegue ninguno (es hora de comer para poder llegar puntual a la partida - ver punto 2). Tampoco los encontrarás vísperas de festivos o días en los que regalen algo en la plaza del Pilar (sobre todo si regalan comida). Sin embargo, en un día normal como hoy, las doce de la mañana parece la hora propicia para encontrar un gran número de jubilados en la consulta del médico. Algunos de los comentarios con más éxito de hoy han sido: "mira tú estee, tanto protestar porque tardaba mucho el anterior y el rato que se pega" (sí señora, usted tiene mucha prisa, ha tenido que salir antes del trabajo, dejarse hecha la comida y le esperan los niños, claro), "pues mira tú la enfermera, que sólo me ha hecho dos recetas en vez de tres y voy a tener que volver antes" (claaaro, como si no les gustase ir al médico), "pero miraa, este llega el último y pasa el primero" (no señora, lo que pasa es que viene a su hora, no una hora y media antes de que le toca).

Total que la pobre jefa mantis con hora de consulta a las 12.45 ha entrado a las 14.20 y porque les ha dado pena a un matrimonio (no eran jubilados, por supuesto) y la han colado. Todo para una maldita receta de antibiótico!!!

Así son los jubilados, entreñables, agradables y pacientes.

lunes, 14 de mayo de 2007

Lo que pensamos, lo que decimos y lo que no callamos

Lunes, mayo, las 14.45. Iba yo toda feliz con mi musiquita por el paseo Independencia con la intención de pillar un 25 hasta la otra punta de Zaragoza.

NOTA: Por si todavía alguien se pregunta por qué llevamos cascos los jóvenes, aquí está la respuesta: "para no tener que escuchar ninguna conversación sin sustancia de gente sin sustancia". Si "seríamos" ricos, pues iríamos en coche, pero como somos pobres, nos conformamos con ir en bus aislados del "mundo civilizado" (esto habría que discutirlo).

La cosa es que, por uno de esos motivos que mi mente no alcanza a entender, cuando he llegado a la parada, un entreñable abuelete me ha mirado con intenciones de entablar conversación. Yo, discretamente (bueno, no, un poco descaradamente) me he hecho la despistada dedicándole una sonrisa (¡grave error!). Cuando ha llegado el bus (y ha tardado...), por una de esas casualidades de la vida, el entrañable abuelete se ha sentado a mi lado. Así que me he dicho: "no puedes ignorarle, el hombre busca algo de afecto". Me he quitado los cascos y me he dedicado a escuchar historias asombrosas sobre el tranvía (el que había antes en Zaragoza - por cierto, a que no sabiais que cada máquina tenía dos motores y cuando llegaba al final de línea el conductor cruzaba el tranvía y ¡ala!, ¡ya está dado la vuelta!), la ruta de la seda (y como los árabes hacían la seda, porque había mas de 1000 fábricas en Andalucía en la Edad Media - en esos años en los que España era árabe) a partir (ésto no me ha quedado muy claro) de los gusanos de seda (había que matar de alguna forma que no he comprendido el bicho), de las moras (de comer, ñam ñam) y de cómo Colón descubrió América (y al parecer murió el pobre sin saber lo que había hecho). ¡Nunca un trayecto en bus había dado para tanto! Nos ha dado tiempo de discutir hasta si cuando acercas la tarjeta bus al puntito amarillo tiene que tocarlo o no hace falta. Yo he dicho que no hace falta, pero el entrañable abuelete estaba convencido de que si no tocaba, daba error, y de que las viejas, que no sabían cómo funcionaba la tarjeta, se dejaban todo el saldo porque se pensaban que daba errores. En este punto es cuando el bus llegaba a mi parada; me he despedido del buen hombre y he bajado.

Mientras estaba en el secador (esto es otra historia que no viene muy a cuento) e intentaba hacer un sudoku imposible, me ha dado por pensar en el viajecito en bus, y, divagando, he acabado pensando en "lo que pensamos, lo que decimos y lo que no callamos". Esta claro a qué me refiero con "lo que pensamos". "Lo que decimos" es lo que decimos siendo conscientes de decirlo, es decir, intencionadamente, y "lo que no callamos" es lo que sí que deberíamos callarnos, pero soltamos igual (pongamos que esto son rayitas en el brazo en distintas tonalidades). Si nos damos cuenta, nos han educado en una sociedad hipócrita, donde se exige sinceridad pero no se acepta. Queremos tener personas sinceras a nuestro alrededor, pero cuando nos dicen las cosas que piensan (y que son verdad) nos enfadamos, porque nos duelen, y nos mosqueamos por lo que han dicho. A continuación vamos a otro amigo a contarle la burrada que el anterior amigo ha soltado por esa boquita de piñón que tiene. En este punto, pueden pasar dos cosas: el segundo amigo suaviza la situación o el segundo amigo la agrava, metiendo cizaña. Al final un comentario sincero ha hecho que el grupo se acabe dividiendo en los seguidores del "amigo sobrado" y los que protegen al "amigo con el que se ha sobrado".

Y digo yo, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo? O valoramos la sinceridad y la aceptamos, o reconocemos que nos gusta la hipocresía y evitamos amigos con exceso de sinceridad.

NOTA 2: Lo sé, últimamente estoy un poco filosófica. Debe ser la primavera...